Piedad Bonnett encuentra en un trompo la plenitud de la vida

Piedad Bonnett encuentra en un trompo la plenitud de la vida

Un abrigo que abraza como una madre, un reloj que se queda detenido en el tiempo, un trompo que quiere rodar para siempre. Son las cosas en el pequeño museo intimo de Piedad Bonnett (Amalfi, 75 años), la poeta colombiana más reconocida actualmente, presentadas en su nuevo libro que mezcla por primera vez sus dibujos con sus versos: La voz de las cosas. “Los instrumentos. Su liviandad, su peso. Su forma de durar más allá del que ejerce el arte trabajoso de vivir cada día”, dice uno de sus poemas. Una chaqueta, en otra página, le habla de la ausencia de quien ya no la usa. Un viejo CD de Manu Chau, en otra más, se pregunta si la eternidad es quizás “una canción que vuelve y vuelve a la memoria”.

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“Para mí las cosas tienen un peso muy grande que tiene que ver con la memoria y con la belleza”, dice ella en entrevista con El PAÍS desde la sala de su casa, donde expone algunos de sus tesoros: una estatuilla conseguida en Bolivia, otra en México, un cuadro de un dibujante amigo. “Las cosas son un recuerdo de un viaje o de otra persona. Cuando hay una muerte, digamos de la mamá, algunos quieren su collar de perlas; o de papá, algunos quieren su reloj. Cuando tú vas a un museo, están las cosas del pasado de Grecia, de Roma, de Felipe III. Las cosas enriquecen la vida. Yo sé que el minimalismo dice que no, y la nueva era dice que despojémonos de todo, pero yo no puedo despojarme de mis cosas”, añade. Extiende sus brazos mostrando su apartamento al norte de Bogotá, decorado con cientos de libros, cuadros y estatuas: “Mírame”.

Bonnett cita a Jorge Luis Borges cuando afirmó que las cosas “durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido”. El título y epígrafe de su libro, sin embargo, se lo trajo de José Asunción Silva: “Si os encerrara yo en mis estrofas, frágiles cosas que sonreís”.

A diferencia de toda su poesía, esta versión de Piedad Bonnett no arrancó escribiendo. Los objetos que “encerró” en su nuevo libro los empezó a pintar poco después del suicidio de su hijo menor, Daniel, hace quince años. “Yo creo que uno nunca se reconcilia con la muerte”, dice. “El dolor aún está ahí, pero está de manera distinta. Ahora tiene una forma más reposada, que de pronto se puede exacerbar horrible: puedo volver a tener dolores iguales a los del momento de la pérdida. Estos dibujos son de esa época”, añade. Los dibujó en un cuaderno de Daniel que encontró aún con las hojas en blanco.

Varios de los objetos del libro, cuenta, pertenecieron al hijo, como una irónica corbata roja con dibujos de animales que le habló sobre la masculinidad. “Las corbatas son llenas de muñequitos porque el mundo se infantilizó, todos queremos llevar a Mickey Mouse, hay una estética en la que actuamos como niños grandes”, dice la poeta sobre lo que le dice el objeto. “Al escoger esta corbata, creo que Daniel estaba ironizando sobre la adultez. Un ‘fíjate que sí soy un hombre serio… pero no tanto’. Yo en realidad creo que la corbata es muy opresiva para los hombres: la vida te puso el nudo en la nuca para que pertenezcas al establecimiento”.

La voz de las cosas, como buena parte de la obra poética de Piedad Bonnett, no es realmente sobre esos objetos, sino sobre las grandes preguntas de la existencia comprimidas en la cotidianidad: el dolor, la muerte, la pérdida de la juventud, lo eterno y lo pasajero. “El mundo que siempre me ha interesado es el de lo doméstico, de lo cotidiano, de lo pequeño”, dice. Un trompo, por ejemplo, no es solo un trompo, escribe en un poema, sino que “aspira al equilibrio eterno, sin presentir siquiera que a toda plenitud le sigue una caída”.

Piedad Bonnett encuentra en un trompo la plenitud de la vida
La Voz de las Cosas, libro de Piedad Bonnett.ANDRÉS GALEANO

“El trompo es una metáfora de lo que puede ser la plenitud de una vida; luego, ¿qué te queda?“, pregunta Bonnett sin esperar la respuesta. ”Siempre un objeto lleva esa reflexión sobre la eternidad, sobre lo inamovible. Las cosas son perecederas, pero menos perecederas que nosotros”.

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―¿Piensa mucho en su muerte como ese trompo que se detiene eventualmente?

―Yo estoy pensando en mi muerte desde que tenía cinco años. Mi primera emoción gigantesca fue cuando descubrí que la muerte existía y que yo también me podía morir. Pero claro, a medida que envejeces, te das cuenta de que te queda muy poco tiempo. Eso me da prisa de hacer lo que tengo que hacer: leer los libros que no he leído, estar más con los amigos. No escribir más libros, pero quizás terminar el que estás escribiendo antes de que te dé un patatús. Aunque, bueno, quizás me queda tiempo: mi mamá murió de 103 años, y mi papá tiene 100 y no se han muerto.

Bonnett también encontró en este libro de dibujos algo que le robó la tecnología. “Cuando estás dibujando, sobre todo sin pretensiones de artista, la relación entre la mano y el papel es muy sanadora”, cuenta. “Cuando no existía el computador, escribía todos mis poemas a mano y mi cerebro funcionaba de manera completamente distinta. Cuando dibujas, hay una conexión entre lo emocional y la línea. Creo que el dibujo es una de las cosas que nos da más felicidad”.

Piedad Bonnett encuentra en un trompo la plenitud de la vida
Piedad Bonnett en Bogotá, en junio de 2024. Andrés Galeano

―Su discurso al recibir el premio Reina Sofía de poesía latinoamericana, hace dos años, le dedicó unas palabras a la inteligencia artificial. ¿Qué tan lejos la ve del lenguaje que puede crear la poesía?

―Me lo planteo. Detesto leer sobre IA, y detesto la idea de la IA, porque me asusta un poco lo que puede pasar con la sensibilidad de las personas. Entiendo que la IA nos puede facilitar la vida de muchas maneras, pero es un monstruo que no sabemos bien cómo va a crecer. Ahora, tengo perfectamente claro que la IA no puede reemplazar a la poesía jamás. La poesía nace de las incertidumbres, y la IA lo que hace es darte certezas. La IA podrá construir un poema, pero no proviene de un alma, no te va a decir algo nuevo, solo te hace síntesis de lo que ya se dijo. Cuando lees a Pablo Neruda, solo él pudo hacer eso, porque es su voz. Lo lindo de la poesía es que te enfrentas a un ser humano que maneja el lenguaje de una manera única. Eso es lo que hace un buen poeta.

Una poeta como ella es quien reconoce a la vez el límite de las palabras y su enorme poder para crear vida. “La poesía no puede cambiar el mundo, pero sí ampliar los límites de nuestra sensibilidad y de nuestra conciencia”, dijo al recibir el premio Reina Sofía hace dos años. “La poesía nos hace más llevadera la inconmensurable soledad del ser”, añadió. En un viejo y memorable poema llamado Perlas, hablaba de una poesía que viene de las oscuridades del mar, y parece parida por unas perlas en el fondo del océano. “Lo oscuro pare luz, y eso consuela“, escribe. Los poetas, al final, “somos del mundo, para el mundo”. Somos, sobre todo, de y para las cosas.

Las cosas electorales

Además de ser poeta y novelista, Piedad Bonnett es también columnista semanal del diario El Espectador, donde comparte sus reflexiones políticas. Ahora, en un año electoral, opina no solo sobre las cosas, la muerte y la existencia, sino las emociones que están guiando la campaña política a la presidencia. “Veo sobre todo mucho miedo”, cuenta. “Nos encerraron entre dos cosas posibles, la derecha y la izquierda, y no le dieron opción al matiz. Me sorprende que gente progresista que va a votar por la derecha ciegamente para detener el paso de Cepeda; o que haya gente intelectual que no es capaz de criticar a Petro. Yo voté por Claudia López en la consulta presidencial, fue buena administradora cuando fue alcalde, así no esté de acuerdo con todo lo de ella, y creo que es quien podría manejar bien este país”

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