Si hay un punto de inflexión en el legado de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, hay que buscarlo en el 20 de enero de 2025, el primer día de su regreso al Despacho Oval tras su abrupta salida en 2021, cuando fue derrotado por Joe Biden y convertido en un paria político por agitar a una muchedumbre enfervorecida para asaltar el Capitolio.
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Ese día en el que, cuatro años después de perder el poder, volvió a sentarse en el escritorio Resolute para recuperarlo, Trump dictó varias órdenes destinadas a cambiar la esencia del país. Una de las más controvertidas fue el indulto a cientos de sus partidarios, que habían participado en los disturbios de aquel 6 de enero de 2021 en la sede del Congreso, uno de los capítulos más oscuros de la historia de Estados Unidos. Steve Bannon, inspirador e ideólogo del movimiento trumpista MAGA, dijo ese día: “Ahí tenéis al Trump puro”.
El libro Cambio de régimen, dentro de la presidencia imperial de Donald Trump, retrata los entresijos de los primeros 14 meses de la segunda presidencia de Trump. Se ha convertido en un fenómeno en Estados Unidos. A sus autores, Margaret Haberman y Jonathan Swan, dos periodistas de The New York Times —que sostienen su relato en la información aportada por más de mil fuentes oficiales o anónimas de la Casa Blanca y en una entrevista cara a cara con Trump—, se los rifan en los platós de medio país para que expliquen anécdotas y escenas de la vida entre los muros de la Casa Blanca.
“Estábamos cubriendo el año más trascendental de una presidencia estadounidense en nuestra vida y veíamos cómo se usaba el poder presidencial de formas que jamás habíamos visto”, señaló Haberman durante una presentación del libro en Washington. Los periodistas describen episodios que parecen sacados de un episodio de Juego de Tronos, con intrigas palaciegas, traiciones y acusaciones de corrupción, si no fuera porque es algo real que sucede en la primera potencia mundial.
El millonario despreocupado que llegó a la Casa Blanca casi por sorpresa en 2017 es distinto al político republicano desacomplejado y revanchista que regresó en 2025. En esta ocasión llegó con la lección aprendida. Ha estado más aislado, se ha mostrado más desconfiado y con ánimo de venganza tras los procesos judiciales para inhabilitarle y procesarle por sus excesos del primer mandato. Y ha reducido su cohorte de asesores al mínimo, exigiendo una lealtad casi divina.
Como prueba de fidelidad, exige a sus asesores que defiendan que las elecciones de 2020 que perdió contra Joe Biden fueron fraudulentas y que en realidad las ganó él. Durante estos meses se ha visto al presidente estadounidense desinhibido en política exterior y ejercer su poder hasta límites insospechados, más allá de cualquiera de sus predecesores, en busca de un rincón en las páginas doradas de la historia. Está luchando para que las huellas de su legado sean indelebles y no traten de borrarlas, como sucedió tras el primer mandato.
“Eres lo único que me importa”
Natalie Harp es uno de esos personajes esenciales en esta historia. Es la encargada de publicar algunos de los mensajes de Trump en la red social Truth y de preparar imágenes con inteligencia artificial para alimentar la cuenta del presidente, como aquella imagen xenófoba que representaba a los Obama como simios. Harp es la única asistente ejecutiva de Trump. Lo acompaña hasta altas horas de la noche mientras publican en la red social mensajes provocadores, y despierta recelos entre el personal de la residencia presidencial.

Tiene 34 años, es rubia y es conocida entre el personal de la Casa Blanca con el apodo de “la impresora portátil”. Antes de que el promotor inmobiliario neoyorquino regresara al Despacho Oval, ella solía acompañarlo mientras jugaba al golf. Cargaba con una pequeña impresora y un ordenador portátil para leerle retazos de artículos halagadores. “Lo sumerge en un flujo constante de noticias positivas y comentarios en redes sociales que ella suele leerle en voz alta”, sostienen los periodistas en el libro.
Harp es una de las asesoras más fieles de Trump. Lo sigue a todos lados. Le deja notas “en sus espacios privados”. En una ocasión, prosigue el libro, le dejó una que decía: “Eres lo único que me importa”. Es una expresentadora de televisión del canal de extrema derecha One America News Network que se unió al equipo de Trump en 2022, cuando el neoyorquino decidió regresar a la arena política después de haber sido vilipendiado y perseguido judicialmente por los excesos de su primer mandato. Asegura que el presidente le salvó la vida porque aprobó una ley permitiendo tratamientos experimentales que le permiten vivir con el cáncer que sufre. “Sin usted, habría muerto esperando la aprobación”, dijo. Ahora le sirve con devoción.
Harp es un personaje más en la corte decadente en que se ha convertido la Casa Blanca bajo la égida de Trump, según Haberman y Swan, que describen un Gobierno cesarista, con un presidente con sed de venganza y adicto a la adulación.
Las persecuciones
Stephen Miller es otro de estos asesores histriónicos y que parecen querer ir más allá que el propio presidente. Si en la primera legislatura Trump se encontró con funcionarios que le marcaban los límites, en esta se ha rodeado de asesores que hacen lo contrario: le animan a dar un paso más.
Miller, un extremista de derechas, es conocido como “el guardián de las quejas”. Ha adquirido un gran poder dentro de la administración, eliminando obstáculos legales para las políticas de Trump. Ha sido el impulsor de las crueles políticas migratorias de esta legislatura, sostiene el libro. Supuestamente pidió suspender el habeas corpus para los inmigrantes, un recurso que impide detenciones arbitrarias y obliga a presentar a los detenidos ante un juez. Miller es además el instrumento con el que el republicano se está vengando de sus detractores.

Uno de los fragmentos del libro describe cómo, poco después de sacudir el comercio mundial con los aranceles, Trump convocó una reunión para dictar varias órdenes presidenciales con el objetivo de investigar judicialmente a algunos de los altos cargos bajo la presidencia de Joe Biden que en su día le investigaron o le acusaron por sus excesos.
Durante el encuentro en el Despacho Oval, “comenzó a reflexionar sobre agravios pasados”. En un momento dijo: “Recuerdo que había un abogado en la Administración que decía que las elecciones habían sido justas y que no había habido fraude. ¿Quién era?”, preguntó. Miller, siempre atento a los deseos del presidente, se apresuró a buscar el nombre del funcionario y abrió una investigación contra este sin que el presidente se lo ordenara. “Desplegó los recursos del Gobierno federal contra un hombre cuyo único delito contra Trump había sido dar fe de la seguridad y validez de las elecciones de 2020”, señalan los autores en el libro.
Más poderoso que Mao, Stalin o Hitler
Los periodistas cuentan que en una entrevista con el presidente a mediados del pasado marzo, para cerrar el libro, le preguntaron si se consideraba el hombre más poderoso de la historia. Trump no lo dudó. Le pidió a Natalie Harp que le llevase una copia de un documento. El mandatario mostró a los periodistas una carta en la que se comparaba con algunos personajes históricos. “Donald Trump es, sin duda, el hombre más poderoso que el planeta haya conocido jamás”, leyó el hombre de negocios reconvertido en político.
Entre las figuras históricas con las que se compara figuran Hitler, Mao, Stalin, Alejandro Magno, Atila el Huno, Gengis Kan, Tamerlán, los césares romanos, Guillermo el Conquistador y Napoleón. Presumió de la comparación con esos personajes históricos en un listado elaborado por, según declaró, un “historiador presidencial”. “Son los diez mejores”, dijo.
No le importó que varios de ellos hayan pasado a la historia por genocidio o por masacrar civilizaciones. No hubo distinciones morales. Él lo redujo todo a la notoriedad y al poder. “Ninguno de esos líderes”, insistió Trump, “por muy temibles que fueran en su época, tenía alcance global. Su poder era local. Pero (el de Trump) no lo es”.

Trump explicó luego que se enteró de esa comparación histórica jugando al golf con Gary Player, un nonagenario considerado en su época uno de los mejores golfistas de la historia. Según su relato, Player le habló de un historiador y su particular tesis sobre líderes más poderosos. Resulta que este académico no era más que un caddie aficionado a leer libros de historia.
El trabajo de Haberman y Swan es la crónica de un periodo, el más convulso de la historia reciente. Refleja cómo el líder estadounidense ha ejercido el poder sin apenas restricciones, cambiando la naturaleza de la presidencia y desafiando las reglas establecidas para ampliar sus atribuciones. Se trata de uno de los momentos históricos más efervescentes de Estados Unidos, en los que Trump ha cambiado el orden internacional construido tras la II Guerra Mundial, ha dado un puñetazo sobre el tablero geopolítico, ha cambiado las reglas del comercio del planeta con los aranceles, ha lanzado una brutal campaña de deportación y persecución masiva de inmigrantes, ha aprobado un ataque militar sobre Venezuela para arrestar a Nicolás Maduro y se ha embarcado en otra guerra en Irán, de la que ahora no es capaz de salir.
Todo ello sin rendir cuentas al Congreso, pervirtiendo la separación de poderes y despidiendo a miles de funcionarios independientes por abogados privados que están dispuestos a llegar donde haga falta.
Pánico por los archivos de Epstein
Otro de los episodios más reveladores del libro cuenta la grave preocupación que sobrevolaba la Casa Blanca con la desclasificación de los archivos de Jeffrey Epstein. El reducido grupo de asesores del presidente, aseguran los periodistas, estaba en pánico por las consecuencias de la orden del Congreso de que se publicaran todos los documentos secretos de la investigación sobre el financiero acusado de pederastia y de crear una red de explotación sexual.
Susie Wiles, la jefa de gabinete de la Casa Blanca, convocó una reunión en la Situation Room, una sala reservada para reuniones sobre crisis de seguridad o militares. Las encuestas mostraban que el caso Epstein estaba percutiendo para mal en la base de los seguidores del movimiento MAGA. El vicepresidente JD Vance sentenció: “Esto es un problema enorme”.
En la reunión estaban el director del FBI, la fiscal general, el director de comunicación y algunos abogados que habían defendido a Trump en el pasado y ahora ocupaban cargos en la Administración. Estudiaron diferentes opciones, entre ellas que Ghislaine Maxwell, la amiga y socia de Epstein, declarara en el Congreso a cambio de un indulto. “Indultar a Maxwell, una traficante de niñas, crearía un enorme problema de relaciones públicas”, objetó Steven Cheung, director de comunicaciones de la Casa Blanca.

En otra de las reuniones para tratar el asunto, también en la Situation Room, comentaron una denuncia de una de las jóvenes de la red de Epstein que describía la inclinación fetichista de Trump por los pezones. El debate sobre si debían permitir la publicación de este documento duró horas. Un funcionario aseguró, según recoge el libro, que la discusión sobre los pezones en esta sala de crisis, donde años antes Barack Obama había seguido la operación para acabar con Bin Laden, había sido “surrealista”.
Trump se ha bunkerizado en la Casa Blanca. Ha reducido sus viajes. Apenas se desplaza a su residencia de Mar-a-Lago, en Florida, para jugar al golf los fines de semana. Ha construido un Gobierno dirigido por media docena de personas. El resto de altos cargos desconocen lo que se está cociendo tras la puerta del Despacho Oval.
Haberman recuerda que Trump suele repetir una frase: “Somos la administración más transparente de la historia”. La periodista lo niega: “Eso es una completa tontería. En realidad, son increíblemente buenos guardando secretos”. Y recuerda cómo se comprobó con las negociaciones con Irán. Ningún alto cargo del ejército, de los servicios de inteligencia, del Pentágono o del Departamento de Estado vio ningún documento sobre el memorando de entendimiento firmado entre Washington y Teherán para poner fin a la guerra hasta que el vicepresidente JD Vance se lo sacó de la manga.
“En su primer mandato, como es comprensible, Trump era nuevo en Washington. Estaba rodeado de gente que no conocía bien. Tenía que presentarse a la reelección. Reaccionaba mucho ante la política interna, estaba muy preocupado por sus resultados en las encuestas, por la Bolsa, por lo que iba a pasar en las elecciones de mitad de mandato, etc. No es que ahora no le preocupen en absoluto esas cosas, no es una cuestión de blanco o negro, pero le preocupa mucho menos la política interna”, replica Swan, que insiste: “Lo que más le preocupa, y esto nos quedó muy claro cuando nos sentamos frente a él en el Despacho Oval, es que quiere ser una figura histórica”.
“No soy fan de Ucrania, excepto de sus mujeres”
Otro de los fragmentos más llamativos del libro recoge la bronca que le echó Trump en el Salón Oval al presidente ucranio, Volodímir Zelenski. El republicano estaba frustrado porque había prometido que la guerra de Ucrania se resolvería en 24 horas, algo que obviamente no había ocurrido. Así que, cuando recibió a Zelenski, le dedicó una insólita reprimenda.

Lejos de sentirse avergonzado por el episodio, comentó luego a sus asesores que “fue un gran espectáculo televisivo”. Y coronó: “Mucho mejor que El Aprendiz”, en alusión a la serie de televisión que le hizo popular despidiendo a trabajadores. “No soy muy fan de Ucrania”, admitió en otra reunión de alto nivel sentado en el escritorio Resolute. “Excepto de sus mujeres. Siguen ganando [el concurso de] Miss Universo”. Trump fue presidente y promotor de ese concurso de belleza y se jacta de las mujeres que desfilaron por él.
El libro describe cómo fueron los momentos que rodearon la operación militar en Venezuela en enero de 2026, cuando en apenas unas horas el ejército estadounidense capturó y encarceló al presidente Nicolás Maduro. Marco Rubio, dicen los periodistas, le explicó a Trump que Delcy Rodríguez era una política corrupta pero maleable, y la mejor opción para controlar el país. En otra ocasión, Trump dijo en privado a varios asesores “que Venezuela podría ser el estado número 51 de Estados Unidos y que nombraría a un gobernador para dirigirlo”. El éxito de la operación lo envalentonó.
Así que, cuando Benjamin Netanyahu visitó la Casa Blanca para exponerle al presidente estadounidense la necesidad de bombardear Teherán, Trump le dio su apoyo pese a las advertencias del jefe de la CIA, que le advirtió de que el plan era “una farsa”, y de JD Vance, que le avisó de que era muy mala idea. “Trump no se dejó influir por las evaluaciones pesimistas. Creía que la guerra terminaría rápidamente”, se lee en el libro.
La carrera entre Vance y Rubio
Precisamente sobre Vance y la carrera por suceder a Trump hay un capítulo en el libro. Aunque la tradición es que el vicepresidente sea el candidato del partido cuando el presidente agote los dos mandatos, a Trump le gusta jugar con la idea de que aún está decidiéndose entre Vance y Marco Rubio, el secretario de Estado.
La escena que cuentan los periodistas se desarrolla durante una cena en la Casa Blanca con el magnate de los medios de comunicación Rupert Murdoch, a la que también asisten Vance y Rubio. Unas semanas antes, Trump, antiguo propietario de casinos en Atlantic City, había demandado al propietario de la Fox porque uno de sus periódicos, The Wall Street Journal, publicó un dibujo de contenido sexual que el ahora presidente envió supuestamente a Epstein en el pasado.
Así que durante los aperitivos el presidente se dedicó a insultar a Murdoch y a amenazarlo; cuando llegó el primer plato, lo alabó y lo colmó de elogios. Y en el segundo, se enroscó en uno de esos monólogos interminables y desordenados en los que pasa de un tema a otro. Pero de repente se dirigió a Murdoch y le preguntó: “Rupert, ¿qué piensas de JD Vance?”. El empresario se lo piensa y dice sin gran convicción, pues intentó boicotear su nominación como vicepresidente: “JD tiene el potencial para ser genial”. Luego Trump dice: “¿Y qué piensas de Marco?” Y Rupert Murdoch no se inmuta. Simplemente dice: “Marco es brillante”. Pese al juego que ha exhibido en otras ocasiones, todos piensan que al final Trump ungirá a Vance.

La crónica de Haberman y Swan retrata a un presidente al que le aburren las reuniones, que hace comentarios mordaces y éticamente cuestionables. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, por ejemplo, lo entretiene con vídeos sobre los ataques con drones contra objetivos humanos, descritos por un funcionario como “las películas snuff de Hegseth”.
Cuando los dos periodistas lo entrevistaron para cerrar el libro, en plena guerra de Irán, un conflicto que dijo que iba a durar solo unas semanas y lleva cinco meses provocando cierto pánico en la economía mundial, se encontraron con que la mesa de su escritorio estaba repleta de fotografías de árboles. Les explicó que quería plantar una arboleda en la Casa Blanca y se entretuvo con los detalles sobre el proceso para trasplantar arces y robles más que en hablar de Irán u otros asuntos más relevantes. Ellos asumieron que no era una estrategia para perder el tiempo: estaba genuinamente interesado en los árboles.
Decorador en jefe
Quizá por su pasado como promotor inmobiliario, el presidente estadounidense está más que pendiente de la decoración. Ha tratado de reformar Washington, ha remodelado plazas y jardines, el estanque del Monumento a Lincoln, que, por cierto, ha sido un fiasco, proyecta un gigantesco salón de baile en el ala este de la Casa Blanca y está empeñado en levantar un arco del triunfo en medio de un paraje protegido.
Su gusto por la ornamentación le ha llevado a cambiar la decoración de la Casa Blanca. El Despacho Oval aparece recargado con apliques dorados y otros elementos decorativos dorados. Hay un episodio que describe esa obsesión. Una mañana, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, entra en el Despacho Oval para comentar los asuntos de la jornada. Se encuentra a Trump “agarrando un tubo de pegamento instantáneo e intentando pegar adornos dorados a la repisa de mármol de la chimenea”, según el libro. “Como era sabido que prefería su propia obra estética a la de cualquier otro, ver al presidente aplicando pegamento sobre apliques dorados y colocándolos él mismo en la pared no sorprendió a nadie de su círculo íntimo”, se lee en la crónica.
“Me imputaron ilegalmente, me sometieron a un juicio político, me dispararon, se podría decir. Pero gané las elecciones por goleada. Nadie más habría podido hacerlo”, dijo Trump al final de la entrevista con los periodistas. “Solo hay una cosa que se pueda decir de mí que la gente crea, y ya sabes cuál es: básicamente gano todas las putas veces. Siempre gano”.
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