Este miércoles se cumple una semana desde que el desprendimiento de un glaciar en Nepal desencadenó una avalancha de hielo y roca que se transformó en una devastadora riada de barro y escombros que ha dejado más de un millar de muertos en el Himalaya. La policía nepalí ha elevado provisionalmente esta mañana a 1.127 el número de cuerpos recuperados (nueve de ellos hallados en la India), según el diario The Kathmandu Post. En el Tíbet, han fallecido al menos otras 16 personas, una cifra que China no actualiza desde el domingo. Hay, además, 4.858 desaparecidos en territorio nepalí y 546 en suelo chino.
“La magnitud de la destrucción es abrumadora. No queda nada; las familias lo han perdido todo”, describe en una llamada telefónica Unni Krishnan, director global de Acción Humanitaria de la ONG Plan International. Krishnan acaba de visitar Trishuli, en el distrito nepalí de Nuwakot, una de las zonas más castigadas por la crecida.
Krishnan también estuvo en Nepal durante el terremoto de 2015, que dejó cerca de 9.000 muertos. Compara la devastación de entonces con “miles de martillos golpeando una zona enorme, destruyendo casas y cambiando la vida de la gente”. En esta ocasión, sin embargo, “es como si cientos de martillos golpearan una y otra y otra vez un espacio muy pequeño”, repite para recalcar la concentración del impacto. “Esa es la intensidad de esta riada y del sufrimiento y la destrucción que ha causado”, señala el también doctor.
Siete días después de la catástrofe, la búsqueda entra en una nueva fase a ambos lados de la frontera. En Nepal, las esperanzas de encontrar con vida a alguna de las miles de personas desaparecidas se reducen a medida que avanzan los días. “La posibilidad de encontrar supervivientes está disminuyendo”, ha reconocido a la agencia británica Reuters Phanindra Paudel, alto cargo del Centro Nacional de Operaciones de Emergencia.
Gita, una cooperante local que ha estado desplegada en Rasuwa, otra de las zonas afectadas, indica a este diario por mensaje que “el impacto sobre la población es cada vez mayor”. “Muchos están separados de sus familias y están experimentando pánico y estrés”, enfatiza. Por su parte, Krishnan subraya que no se debe perder la esperanza. “Las operaciones de búsqueda y rescate deben continuar. Es primordial”, remarca. “Pero la asistencia debe aumentar rápidamente”, agrega. Krishnan especifica que “las necesidades más visibles y urgentes” son la atención médica, los servicios sanitarios, el agua potable, los alimentos y también la ropa, porque muchas personas huyeron o fueron arrastradas por la corriente con lo puesto.
Por otro lado, continúa la incertidumbre sobre la suerte de los trabajadores de los proyectos hidroeléctricos que fueron arrasados a lo largo de los ríos Bhote Koshi y Trishuli. Al menos 279 personas han sido rescatadas de esas instalaciones, pero otras 639 continúan desaparecidas. Las autoridades creen que algunas podrían haberse refugiado en las salas y espacios interiores de las centrales, aunque los equipos todavía no han logrado penetrar en varias galerías cegadas por el agua, el barro y los escombros. Es una operación muy complicada: la salida violenta de agua por una perforación obligó ayer a los expertos a descartar el acceso de uno de los túneles e intentar abrirse paso desde el extremo contrario.

El primer ministro nepalí, Balendra Shah, anunció el martes por la noche que el Gobierno empezaría a desplazar el centro de gravedad de la respuesta desde la búsqueda y el rescate hacia la rehabilitación y la reconstrucción, aunque las operaciones para localizar a los desaparecidos continúan. Esta fase estará condicionada por la enorme cantidad de escombros que ha dejado la riada: una estimación preliminar del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo sitúa su peso en 2,2 millones de toneladas de restos de edificios, rocas y sedimentos, el equivalente al de seis rascacielos como el Empire State de Nueva York, de acuerdo con Reuters.
“A juzgar por la magnitud de la destrucción, la recuperación no será una carrera de cien metros, sino un largo maratón. Por eso Nepal debe seguir recibiendo atención y apoyo”, resume Krishnan de Plan Internacional. “Al reconstruir estas comunidades, debemos hacerlo con la garantía de que seguirán en pie durante los próximos cien o doscientos años”, señala.
A ese desafío se suma una creciente amenaza sanitaria. Naciones Unidas calcula que 3.500 personas viven en 27 asentamientos para desplazados en Nuwakot y Rasuwa. El hacinamiento, la contaminación del agua y los daños sufridos por las instalaciones sanitarias elevan el riesgo de brotes durante el monzón, especialmente entre mujeres y menores. El primer ministro nepalí,Balendra Shah, ha asegurado que el Gobierno ha reforzado la vigilancia epidemiológica, la atención médica y el apoyo psicológico.
“Los desastres tienen además otro efecto: agravan las vulnerabilidades que ya existían en las comunidades”, alerta Krishnan durante la llamada. En lugares donde ya se registraban abusos, explotación infantil, trabajo de menores o trata de personas, advierte, la catástrofe puede multiplicar esos peligros. Reclama por ello espacios seguros y educativos y crear oportunidades “para que los niños jueguen” y para que “vuelvan a ser niños, porque los desastres les roban la infancia”.
Tíbet
En el Tíbet, mientras tanto, los equipos de emergencia dieron este miércoles por “prácticamente habilitado” el corredor terrestre hasta el arrasado puerto de Gyirong, según informó la agencia estatal china de noticias Xinhua, que añadió que rescatistas, suministros y parte de la maquinaria habían comenzado a entrar por carretera en el núcleo de la zona destruida.
Esa apertura modifica sustancialmente una operación que ha estado condicionada durante una semana por la destrucción de la carretera G216, los desprendimientos y los cortes de las telecomunicaciones. Hasta ahora, China había dependido de helicópteros, drones, embarcaciones y comunicaciones por satélite para trasladar personal y material. Por tanto, el avance permite comenzar búsquedas más profundas bajo las capas de barro y escombros. Las autoridades mantienen además bajo vigilancia las laderas y los cauces próximos al complejo: dos de las represas naturales surgidas tras el desastre han desaguado, aunque persiste el riesgo de nuevos desprendimientos y de que los sedimentos vuelvan a bloquear el río.
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