¿Qué es el iliberalismo? Lecciones para Chile

¿Qué es el iliberalismo? Lecciones para Chile

En las últimas semanas se ha instalado en Chile una confusión entre lo que es propio de la extrema derecha (o derecha radical), lo que define al ultraconservadurismo, el proyecto económico implicado y lo que es inherente al iliberalismo. Son cosas distintas, pero que en la realidad pueden perfectamente coludirse, fusionarse y existir al mismo tiempo bajo distintas modalidades, lo que significa que puede haber una extrema derecha sin conservadurismo de por medio, que el iliberalismo puede perfectamente ser de izquierda (como Andrés Manuel López Obrador en México, y de modo desenfadado en la Nicaragua de Daniel Ortega), o que la extrema derecha puede simultáneamente expresarse de modo radicalizado, ser ultraconservadora en materia cultural, económicamente neoliberal (o radicalmente libertaria) y políticamente iliberal.

Read more Coque Malla defends healthcare workers after his son’s hospitalization: “From now on, I want, above all, a healthy, strong, and fair public healthcare system”

Me concentraré en este último aspecto, el iliberalismo sobre el cual tanto se habla por estos días, sin necesariamente tener conciencia de lo que es y, por tanto, sin reparar en sus consecuencias cuando este existe en la realidad de un país.

En primer lugar, es importante hacer algo de historia social de las palabras, en este caso del iliberalismo, un término extraño, casi un barbarismo que fue acuñado por Fareed Zakaria en 1997 en un célebre artículo publicado en la revista Foreign Affairs. Hacía tiempo que no se observaba tamaño éxito social y político, pero también científico para consagrar el uso popular y erudito de una nueva palabra. Pues bien, si la “democracia iliberal” (como régimen político) y el “iliberalismo” (como proyecto) se impuso en el lenguaje en cualquier idioma, es porque nombraba un fenómeno original para el cual no existían términos disponibles. Ese es el acierto de Zakaria, quien pudo ver la emergencia incipiente de formas originales de regímenes políticos y concluir que ninguna categoría política disponible permitía hacerles justicia, nombrarlos con propiedad y pertinencia. El “iliberalismo” para entonces nombraba a un régimen político original que se gestaba desde las entrañas de la propia democracia liberal y representativa, aprovechando la potencia del sufragio universal (Zakaria distinguía entre democracia electoral y liberalismo constitucional, dos aspectos que se estaban separando en algunas regiones del mundo). Es así como comenzaban a llegar al poder gobernantes autoritarios a través de las elecciones, socavando desde dentro las fundaciones de la democracia liberal y representativa, sin mediar golpes de Estado: lentamente, la separación de poderes era horadada y cuestionada, los jueces independientes eran criticados por impartir una justicia blanda (es todo el tema del “garantismo” en Chile), la prensa por informar mediante énfasis y encuadres que dejaban en mal pie al gobierno, los opositores eran hostilizados en formas discursivas desconocidas, y así sucesivamente. Con el paso del tiempo, el iliberalismo adoptaba un modo de funcionamiento estable y vertical, sin miramientos por la naturaleza liberal y pluralista de la democracia que seguía siendo representativa, pero cada vez menos: las reformas electorales en modo gerrymandering, redibujando los territorios electorales a partir de lógicas de desigualdad, desnaturalizaban el principio de representación. Quien tempranamente consolidó el iliberalismo como régimen fue Viktor Orbán (primer ministro de Hungría hasta hace un puñado de meses): reivindicó explícitamente la democracia iliberal como proyecto en un célebre discurso del 26 de julio de 2014, en una universidad libre de verano en Rumania. Se había alcanzado un punto evolutivo desconocido hasta entonces.

Cuando la democracia iliberal se transforma en un régimen político plenamente identificable, entonces se hace posible que el iliberalismo se exprese como un proyecto político por alcanzar. Pues bien, es precisamente este segundo aspecto el que estamos observando en muchas partes: el iliberalismo es reivindicado día tras día como un horizonte de realidad por Trump, Narendra Modi en India y Nayib Bukele en El Salvador (“el dictador más cool del mundo”, en una primera auto-definición en la red X, para cambiarla por un “Philosopher King” en la actualidad), y como horizonte de posibilidad por Bolsonaro, Milei, Alice Weidel en Alemania, Santiago Abascal en España y por André Ventura en Portugal (en modo mucho más blando por Meloni, Salvini, Le Pen y un largo etcétera).

Read more Mark Ruffalo se defiende tras ser calificado de antisemita por Paramount: “Es indignante y deshonesto”

Este es el trasfondo de la discusión sobre el eventual iliberalismo de José Antonio Kast. Es cierto, el presidente de Chile acaba de dar su primer paso en falso en lo que podría ser su ruta hacia el iliberalismo. La propuesta presidencial de constitucionalizar una reforma en seguridad mediante la invención de un quinto estado de excepción y sus medidas intrusivas no solo es una pésima idea, del mismo modo que el retiro por ley de todo tipo de derecho social a la salud a delincuentes (lo que equivale a condenarlos a muerte en vida, sin entregarles ninguna posibilidad de redención), sino que revela una idea política iliberal que bien podría ser la primera piedra de un proyecto iliberal en forma. La sospecha de iliberalismo es entonces legítima, sobre todo si se conoce la trayectoria internacional de Kast en esta transnacional reaccionaria que se aglomera en los festivales Vox y, en los próximos días, en Santiago (en donde tendrá lugar el quinto encuentro regional del foro de Madrid): ¿cómo no tomar seriamente en consideración el hecho que Kast fue presidente (entre 2022 y 2024) del Political Network for Values, una pieza central en esta internacional reaccionaria e iliberal?

Lo nefasto del iliberalismo es que se desarrolla de modo lento, tan lento que, sin percatarnos, nos podemos encontrar súbitamente gobernados en modo iliberal: tal vez no por Kast, pero sí por cualquier otro gobernante que repugna del liberalismo y de la democracia. La clase política de derecha liberal le ha hecho honor a su linaje, oponiéndose decididamente a la reforma de Kast. Por el momento, lo esencial de las izquierdas y los liberales se han transformado en los principales defensores de la democracia como forma de vida: solo falta que se sumen a esa defensa los conservadores democráticos, una calidad en la que no cabe toda la derecha.

Una discusión complementaria a esta, políticamente ociosa pero intelectualmente interesante, es saber si Kast y su partido republicano son de extrema derecha: la pregunta es algo ociosa, porque es eminentemente una pregunta de partidos y no de las personas, mediante la cual se busca satisfacer una necesidad identitaria propia. Pero puede ser que Kast sea de extrema derecha: ¿hemos conseguido algo con esa afirmación? Pienso que no. Muy distinto es lo que nos dicen sus prácticas políticas iliberales (un aspecto que es resaltado por esa gran especialista en estudios iliberales que es Marlene Laruelle): está por verse si se transita desde las prácticas al proyecto político iliberal, y desde allí a una democracia iliberal. Por el momento, hay una notable resiliencia política de la derecha liberal chilena, la que bien puede ceder ante presiones electorales que afectarán los intereses de largo plazo de quienes tienen convicciones, pero también se mueven por instintos animales de sobrevivencia.

Read more Ferran debuts the PSG ‘nine’ with a double and saves the European Champion’s league start

Translated from

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *