Lena Dunham desvela que ha tenido una hija por vientre de alquiler: “Impotente e incapaz de sentir los cambios físicos, empecé a comprar ropa de bebé”

Lena Dunham desvela que ha tenido una hija por vientre de alquiler: “Impotente e incapaz de sentir los cambios físicos, empecé a comprar ropa de bebé”

Entre innumerables párrafos sobre ropa de bebé, comentarios sobre la mujer que contrató para gestar al bebé y todo tipo de disertaciones al más puro estilo Lena Dunham (Nueva York, 40 años), la escritora y referente de la generación milenial desde que creara y protagonizara la serie Girls, en 2012, ha desvelado en un artículo en primera persona que ha tenido un hija por vientre de alquiler, una práctica ilegal en España aunque bastante habitual en Estados Unidos. Lo ha hecho en un artículo en exclusiva para la edición estadounidense de Vogue, publicado este miércoles 16 de septiembre, la misma revista en la que en mayo 2018 ya describió su separación del productor Jack Antonoff en 2017; y en la que poco antes, en febrero de 2018, explicó que le habían extirpado el útero debido a una endometriosis.

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Dunham, que en abril de 2026 sorprendía al confesar que había sido infiel a Antonoff en su libro de memorias Famesick (estrenado ese mismo mes), lleva casada con su actual pareja, el músico peruano Luis Felber, desde septiembre de 2021, cuando celebraron una boda secreta tras un año de relación. Con él ha dado la bienvenida a la recién nacida, de la que no ha revelado el nombre, aunque la autora no ha escatimado en otros detalles en su ensayo para Vogue. “Era una apacible mañana de noviembre cuando me encontré arrodillada junto a una camilla de exploración, recién salida de un vuelo nocturno, con una mueca de nerviosismo y entusiasmo dibujada en la parte inferior de mi rostro mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de ansiedad, agarrando la mano de una mujer a la que solo había conocido en persona dos veces”, empieza su texto, un extenso ensayo en el que la ropa de bebé, esa que asegura empezó a acumular mucho antes del parto —“impotente e incapaz de sentir los cambios físicos que indican el crecimiento del feto, horroricé a mis amigos y familiares que se adhieren a la superstición judía que prohíbe las compras anticipadas, y comencé a comprar”—, parece servir de canalizador de sus ansiedades durante la gestación de otra mujer, aunque acabe siendo una extraña sucesión de marcas de ropa infantil.

“Aunque suelo hacer amigos rápidamente —en terminales de aeropuertos, en clínicas veterinarias—, este fue el paso más rápido que jamás había dado desde mi primer café hasta un procedimiento ginecológico. Y en ese momento, mientras veíamos la bola de células que nuestro médico ya nos había dicho que algún día podría formar una niña, cruzando la oscura pantalla del ultrasonido como un OVNI en una misión, sentí un impulso irresistible de decirle que la quería [al bebé]”, continúa detallando Dunham su tercer encuentro en aquella consulta ginecológica con la madre gestante, a quien describe “con una melena de rizos impresionantemente dóciles y la figura fuerte y musculosa de alguien que realmente sabe hacer yoga”, alguien, continúa, que “había despertado algo en mí en cuanto nos presentaron”.

Entre pasajes sobre cómo conoció a la mujer —“como mi marido estaba de viaje, llevé a mi madre a conocerla a ella y a su pareja, y nos sentamos en una cafetería de Cobble Hill con nuestros matchas”, cuenta— y referencias a las “razones por las que [la gestante] quería emprender este ‘viaje’, como les gusta llamarlo en medicina reproductiva”, la creadora de Sin medida (2025) se sincera en la revista sobre las emociones que se fueron sucediendo en aquellos meses de espera. “No hay nada como enfrentarse a la maternidad, por mucho que la hayas deseado, para retroceder instantáneamente a una adolescente malhumorada de 14 años con las necesidades de un niño pequeño ansioso”, cuenta Dunham mientras relata una discusión con su madre. O también cuando recuerda los sentimientos que esperaba y que no llegaron a manifestarse, como los celos que nunca sintió, ni siquiera en “los meses previos a la transferencia embrionaria” porque “esta mujer pudiera hacer por un niño —por mi hijo— lo que yo no podía”.

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Tras la transferencia embrionaria, la autora habla de cómo cinco días después, “nuestra madre subrogada me envió un mensaje con una foto: una prueba de embarazo”. “Si no hubiera estado ya tumbada, me habría desplomado, abrumada por una mezcla indescriptible de sorpresa y gratitud”, desvela. “Ahora solo quedaba esperar. Registrar los hitos, seguir calculando, intentar no encariñarnos demasiado con esa persona que, en realidad, era solo una idea”.

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Duham, quien siempre había querido ser madre, ya advirtió tras ser despojada de su útero a los 31 años que no descartaba recurrir a un vientre de alquiler o a adoptar a un niño para cumplir su sueño: “Puede que antes sintiera que no me quedaban más opciones, pero ahora sé que las tengo. Pronto empezaré a explorar si a mis ovarios, que permanecen dentro de mí en algún lugar entre mis órganos y cicatrices, les quedan óvulos”, escribió ya en aquel primera persona para Vogue en 2018. Ahora, en su último ensayo, relata al respecto: “Mi marido llevaba mejor la espera [el embarazo], pero no había pasado los últimos 12 años lidiando con problemas de fertilidad”.

“Ella [la niña] se estaba preparando dentro del cuerpo fuerte y sano de nuestra madre sustituta, y a medida que la ropa se apilaba en la caja, también crecía la sensación de que se estaba convirtiendo en realidad. Esta sería su ropa. Sería una persona a la que ayudaríamos a vestir, que dejaría huella en el mundo según nuestras elecciones, hasta que tuviera edad suficiente para hacerlo por sí misma”, sigue explicando Dunham sobre los meses de espera, de nuevo contando cómo la ropa que ella preparaba paliaba de algún modo lo que parece cierta impotencia.

Finalmente, como explica, la niña nació con 13 días de retraso. Incluso en ese pasaje Dunham se refiere a la gestante y a sus sentimientos sobre ella: “Estaba sentada en una cama de hospital, entre las piernas de una mujer a la que hace un año no conocía, esperando vislumbrar a esa persona a la que había estado esperando con algo parecido a la paciencia, pero también sin ninguna. Estaba tan concentrada en nuestra madre subrogada —admirada por su concentración, su momento de silencio seguido de lo que sonó como un rugido— que olvidé mirar hacia abajo hasta que oí el llanto de nuestro bebé. Vi su rostro, jadeando igual que ella. Sus ojos, grandes y desenfocados, captando la luz y la sombra, parpadeando rápidamente”.

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