Sierre-Zinal puede esgrimir no solo su título oficioso de Catedral del trail, por sus 53 años de trayectoria y el entorno privilegiado en el que se desarrolla –en las faldas de cinco cuatromiles de los Alpes suizos, incluido el Cervino–, sino también el de termómetro de su deporte. Los 31 kilómetros y 2.200 metros de desnivel positivo que unen a las dos localidades del Valais son un Mundial anual de la media distancia que trasciende una carrera por montaña e integra, gracias a la escasa tecnicidad de sus senderos, a corredores de asfalto, triatletas, orientadores o esquiadores. Entre los deportes afines y la profesionalización de los atletas de montaña, la edición de este sábado no solo consolidó el dominio keniano del último lustro, sino que brindó una densidad inaudita entre la élite. La mejor prueba es que Alain Santamaría, el mejor español, fue undécimo, cuando los otros dos únicos corredores nacionales que han mejorado su tiempo en más de medio siglo –Kilian Jornet y Andreu Blanes– ganaron la carrera. Un deporte en clara expansión que coronó por tercera vez a Philemon Kiriago y brindó a la rumana Madalina Florea la victoria más prestigiosa de su creciente palmarés, un año después de ganar la general de las Golden Trail World Series.
Una carrera que supone una invitación natural para los maratonianos del asfalto porque el esfuerzo en tiempo es solo ligeramente superior. La escena de la cabeza masculina, con una decena de corredores separados por apenas dos minutos en Chandolin, el ecuador de la prueba, no se alejaba demasiado del paso por la media maratón en Londres o Berlín. Que hicieran prácticamente en grupo la eterna subida desde Sierre –concentra dos tercios del desnivel positivo con sus 1.355 en apenas 7,3 kilómetros, al 18% de promedio– prueba los nuevos tiempos de un deporte en el que hace dos décadas, en las primeras de las diez victorias que atesora Jornet, esgrimía una cabeza de carrera diseminada muchas veces desde la salida y, desde luego, con muchas menos unidades.
El porqué de la dominación keniana viene después de coronar el hors catégorie. La carrera en subida continúa otros 15 kilómetros más, pero con una pendiente más tenue, con largos llanos e incluso alguna bajada. Senderos casi siempre amplios, con la tecnicidad justa, la de alguna raíz a la sombra. En términos de carrera de montaña, una alfombra. Pista libre para tanto corredor ‘lento’ para competir en asfalto, pero volador en el trail. La pugna entre Kiriago y su compatriota Patrick Kipngeno, un campeón del mundo en kilómetro vertical, se decidió en el inclinado descenso hacia Zinal de 2,7 kilómetros al -17,5%. Bien fuera por sus habilidades como bajador o por la frescura de haber descansado la semana anterior mientras su compatriota pelea por la victoria en Austria, abrió una brecha suficiente, 32 segundos, para ganar en 2h26m24s. Michael Saoli completó a 3m12 no solo un podio keniano, sino de equipo, el Run2Gether, como en 2025. Es la tercera victoria de un corredor que llama a Sierre-Zinal “hogar”. Ya está más cerca de su objetivo de los cinco títulos, como la cifra mágica del Tour de Francia. En los últimos cuatro años, solo ha sido batido una vez, por Jornet, en un final agónico en el que tuvo que firmar el récord de la prueba (2h25m34s) para ganarle por 1,5 segundos.
Y Alain Santamaría, undécimo con 2h34m02s, un tiempo que hace un lustro hubiera opositado a podio. Con un calor homologable al de 2025 –otra de las garantías del dominio africano es una meteorología previsible en un evento que solo ha tenido que acortarse una vez en medio siglo–, hubo 13 corredores que bajaron de la barrera de las 2h35m; el último de ellos, Daniel Pattis, subcampeón de Europa. El año pasado solo siete lo lograron. Una evolución que no se circunscribe a los hombres. Seis mujeres han batido la barrera de las tres horas, el doble que en 2025.
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Sierre-Zinal es una carrera de protocolos cuadriculados. Una gran familia de 720 voluntarios –muchos arrendan sus casas para acoger a los atletas– que destina el 11% de sus dorsales a los vecinos de ambos pueblos, por más que se queden 15.000 personas en lista de espera. Una fiesta en la que los corredores, algo más de 2.000, son minoría ante los turistas, que hacen el recorrido de manera no competitiva desde las 4:45 horas. En total, 6.850 participantes de 86 nacionalidades. En ese marco, adelantar media hora la salida femenina en busca de una mayor visibilidad televisiva ha sido una medida de gran calado.
Del asfalto recalentado de Sierre, con una sensación térmica superior a los 30 grados, salió Madalina Florea a completar su transformación desde su salida casi suicida en 2023 –lideró la prueba durante una hora para terminar séptima– sin apenas nutrición a imponer su apogeo, en las Golden Trail World Series, un circuito que domina en 2026 tras su tercera victoria en un mes. No se dejó llevar por los ataques de Morven Goodrum, la británica que esgrime título de campeona de Europa en subida vertical y llegó en cabeza al mítico paso por el Hotel Weissnhorn, por su gentío con bengalas, banderas suizas y hasta motosierras. La rumana tenía controladas las diferencias, apenas medio minuto, y conocía mejor que nadie el final. Exprimió sus energías en el tramo de falsos llanos por terreno pedregoso que enlazan el punto más alto de la carrera, los 2.424 metros de Nava, con Barnueza, donde empieza el descenso hacia Zinal. Lo necesitó para sobrevivir a la remontada de Caroline Kimutai, que perdía ahí tres minutos y remontó posiciones para ser segunda a 45 segundos. Hasta ahí la defensa de su título. Goodrum cerró el podio a 1:28. Y Sara Alonso, con su mejor marca en Zinal (3h03m38s) en su primer dorsal en la Catedral desde 2022, alucinaba al publicar su actividad en Strava porque solo le había valido para ser undécima. Hace cuatro años, con ese tiempo hubiera sido cuarta.
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