La UC y el milagro que no buscó

La UC y el milagro que no buscó

Hay equipos que avanzan gracias a un proyecto. Y otros que sobreviven en la virtud de un hombre. La Universidad Católica, en la fría noche de La Plata, volvió a comprobar que pertenece a la segunda categoría. Fernando Zampedri, con un remate desviado que terminó colándose donde nadie lo esperaba, le regaló al cuadro cruzado un empate ante Estudiantes que sabe a milagro más que a mérito. Y como suele ocurrir con los milagros, este también llegó con una letra chica dolorosa: el propio Zampedri, amonestado a los nueve minutos, se perderá la revancha del martes en el Claro Arena por acumulación de tarjetas amarillas.

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El resultado, leído en frío, es positivo: un empate como visitante en octavos de final deja la llave abierta. Pero leído en el contexto en que se produjo —un plantel devastado por las bajas de Clemente Montes, Sebastián Arancibia, Juan Ignacio Díaz y Francisco Rossel, más un arranque catastrófico ante un Estudiantes que pudo liquidar el partido en el primer tiempo— el punto adquiere otro valor. Es el punto de un equipo que batalla con lo puesto, aferrado a la figura de un delantero que, a esta altura, parece haber firmado un pacto personal con el gol.

Y ahí está el problema, el que ninguna crónica de último minuto podrá disimular: la UC no debería depender tanto de un solo hombre para sostener un sueño continental. Y si depende de él, es porque nadie más llegó a acompañarlo. Cuando Matías Claro asumió la presidencia de Cruzados, el club volvía a la Copa Libertadores tras cuatro años de ausencia en la competición. Era, sobre el papel, el momento de reforzar sin titubeos: recursos extra por la clasificación, un plantel corto y una ventana de pases por delante. Claro optó por la cautela porque, admitió, el mercado no le entregó las oportunidades esperadas y que buena parte de los ingresos por Libertadores no quedó disponible para fichar, sino que se destinaba a premios y al cuerpo técnico. El resultado, a dos días del cierre del libro de pases, es un plantel que llega a octavos de final sin haber sumado un solo refuerzo, mientras la lista de lesionados crece semana a semana.

El fútbol tiene una forma implacable de poner precio a la prudencia: ese precio hoy se llama Zampedri suspendido, una defensa diezmada, y un entrenador, Daniel Garnero, obligado a resolver con magia lo que necesita. La ilusión de pelear por una final —la misma que el presidente proclamó en público hace apenas unos días— choca contra la aritmética de un plantel corto que ya no tiene margen para el desgaste.

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Jugar de local, con el aliento de su gente en un estadio que el propio club presume como uno de los mejores de Sudamérica, es una ventaja real. Pero nada sustituye a un delantero de área, y ese vacío —el de Zampedri ausente— será, paradójicamente, el mejor termómetro de cuánto equipo hay detrás del goleador.

Estudiantes de la Plata sabe que enfrentará a una Universidad Católica sin su verdugo particular. Y ese dato, más que cualquier otro, define el partido que viene. Porque el fútbol, tarde o temprano, siempre termina preguntando lo mismo: ¿qué construiste cuando debiste ser audaz, cuando la ambición llamaba a la puerta, cuando era necesario creer más que proteger? La UC llega a esa pregunta con una respuesta incómoda. Le queda una noche, en su propia casa, para intentar torcerla.

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